Tórremi
- Molde Vacío

- 6 feb 2021
- 3 Min. de lectura
Se me subían por la pierna los tiempos perdidos en aquel restaurante de vientos húmedos, porque, aunque trataba de cambiar el tema y encomendar mi atención al comité mental, ella vestía aquel edificio que sostenía en la cabeza. Para no ser imprudente, mi mirada solo llegaba hasta el décimo piso, porque la vista empezaba a doler cuando forzaba mirar el horizonte estructural. La fachada contenía magníficos acabados abstraídos de las mejores obras de Gaudí, la puerta principal se abría de golpe cuando el aire caliente se asomaba por la cocina y la base estructural parecía tan firme que me daba la confianza de planear en mi mente un beso de despedida. Sin embargo, el agua mohosa que destilaba el alcantarillado caía constantemente sobre la sopa. Cada gota vertía líquido por toda la mesa y hacía ver nuestra cita como un simple intercambio de fluidos industriales. No lo soportaba y le pregunté que por qué no se lavaba el edificio, parecía algo descuidado. Ella, luego de mirarme algo incómoda, me respondió que los habitantes no eran muy cumplidos con el dinero de la administración, era difícil encontrar trabajo sin un hogar estable y, los que trabajan por internet, que eran la mayoría, apenas tenían algo de red cuando salía a dar un paseo. La explicación me hizo sentir incómodo y a fuerza de ser egoísta, le ofrecí lavar el edificio a cambio de estadía. Al acabar la cena me subí a la mesa y de un brinco alcancé la escalinata. Me llevó un mes completo recorrer cada habitación, pasillo y escondite que guardaba. Estaba empezando a parecer absurdo cómo el día de la cita, con la riqueza de un feudo patricio, me haya tenido que someter a una conversación sobre climas y cuadros sintomáticos de su rinitis crónica. La torre contaba con habitaciones lúdicas que exploraban la esperanza desde una perspectiva teológica, ética, errática y precolombina. Minas sinusoidales que respondían a la novedad de un poema tendido. Vista total al último tiquete de los dinosaurios jazzistas, de aquellos que vivían a costa del error. Las ruinas socavadas de Marcelo: experto especialista práctico en excavaciones y fisuras románticas. La sala de toboganes, de tiramisús, de enemigos, de cometas circulares y de esposas perfectas. En cada cuarto en los sesenta años de área, se encontraban personas que, por el ocio de existir, no tenían tiempo de trabajar. No fue fácil limpiar el exterior, pero supe cómo direccionar el agua de la pieza Mediterráneo para que, a pura presión emocional, bañara la fachada que se iba aclarando mientras resbalaba el lodo ennegrecido y el moho oxidado. Las ventanas empezaron a ser translúcidas, las paredes lisas y la cubierta descubierta. Fósiles de pájaros empotrados en los alféizares se caían para volverse polvo contra el suelo, pero otras aves llegaban y, un día mientras las alimentaba, fui lo suficientemente torpe para caer hacia el vacío. El fervor del miedo se convertía en mi ser, movía los brazos y piernas tratando de volar, extendía mi ropa para intentar planear, pero se filtraba por cualquier agujero, el aire no hacía más que desfigurar mi cuerpo y moverme como si fuera un juguete nuevo. Luego de un rato sentía que no llegaba al suelo, seguía bajando el edificio con la velocidad que parecía normal para una caída, pero no se aproximaba alguna señal de la tierra. Y entonces miré hacia el edificio, que ahora mostraba las ventanas como si no existieran, cada marco parecía la fracción de una película y las escenas pasaban ante mis ojos, cuadro a cuadro recordaba cada habitación que había conocido y mis ojos se llenaron de lágrimas: esa era la obra de mi vida. Pero ese edificio quebradizo y flojo era de alguien más. Sus ovaciones y referencias serían evocadas a otra persona desatendida y vaga. Entonces escupí, oriné, sudé como pude y me quité el cabello. Tengo que dejar en este mundo todo lo que pueda de mí. No era suficiente, entonces hice poemas que declamé, canciones que dejé escritas en rasguños de las paredes, ideas en servilletas que tiré por las ventanas; inventé el primer dispositivo que creía que era feliz, un tratado para comprender el viento, escribí 1010 razones para experimentar la sensación de caer y 1010 formas de hacer figuras con el cuerpo mientras flotaba. Y después de todo este tiempo en que siento que el mismo tiempo se está repitiendo, por fin veo la tierra a lo lejos. Y como mi última proclamación de libertad escribo este texto, que explica quién es aquel cuerpo que cayó enterrado, en un lodazal de



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