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Suele ser invisible

  • Foto del escritor: Molde Vacío
    Molde Vacío
  • 19 may 2021
  • 2 Min. de lectura

Una fecha indeterminada en el trópico candente cuando la tierra aún se abstenía de amotinar dilemas fóbicos; una pluma en la orilla de un lago seco imagina que tiene alas. Fantasea cada punto estático del suelo arenoso en vistas picadas, «tal vez fui un halcón» piensa la pluma. Las barbas plumáceas niegan su hipótesis, tiesas a causa del barro seco en su esqueleto y encadenadas al lodo árido que permanece como una mole inmóvil y arbitraria. «Me he caído de un halcón» insiste, y al mismo ritmo, las barbas lo vuelven a negar, pero esta vez hacen un gesto ondulatorio de lado a lado; se habían olvidado de lo que era moverse. Un sonido atónito envuelve la situación, las corrientes de aire que emana un remolino levantan de un arrebato a la pluma. Giros circulares, caóticos, la forma de un icosakaipentágono irregular. El violento atropello de ramas y hojas. El encuentro arrollador de las piedras cautivas del lago. Un baile de lo menos orquestado en el centro del remolino.

La pluma da vueltas, recorriendo el vórtice de arriba abajo cada cinco segundos. Empieza a tener cierta intimidad con los objetos que, apenas por unos momentos, se alcanzan a ver cada vez que se golpean. Las barbas disfrutan el intento de planear, dentro de sí mismas, sienten el instinto de guiar el vuelo. El torrente abarrotado no las deja escapar. En una de esas vueltas, una piedra con el impulso acelerado choca con la pluma y salen disparadas hacia el cielo. Suben hasta que el remolino parece un charquito alborotado. La roca llega a lo más alto de su viaje y empieza a caer. Las barbas, que aún sienten el instinto salvaje, extienden sus extremidades plumáceas. Se despegan de la roca y el aire empieza a sostenerlas como una mano suave y generosa, como un susurro al oído que hace cosquillitas por los vellos y por el mensaje, como el aliento a fruta madura de una palabra de estrellitas o la tranquilidad del respirar de un transeúnte anhelado.

Las cosas se mueven sin pedirlo, sin quererlo. La pluma cerró su vista para disfrutar de aquel viaje, para agradecer a aquella levedad de vías invisibles que guiaban su escape. «Tengo alas» piensa a gritos, sin darse cuenta de que ella misma es el ala. El viento poco a poco la va bajando, hasta que, con la misma suavidad característica, la deja sobre el suelo. Ve desde el piso cómo el torbellino se aleja y, a la vez, cómo una roca sale disparada hacia el cielo con una dirección hacia ella. Ve el torbellino absorbiendo y expulsando, elevando y dejando caer, como esa piedra que va en picada y termina su trayectoria encima de la pluma.



 
 
 

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