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Soma

  • Foto del escritor: Molde Vacío
    Molde Vacío
  • 17 mar 2020
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 18 mar 2020

He construido una casa en un invierno abarrotado, y dentro he acomodado a Eremita.

Eremita empieza su día levantándose de su cama, baja sus pies para conquistar sus inequidades más plausibles, con sus pies busca las chanclas que recuerda haber dejado anoche, y al reclinar su espalda para ayudar a sus pies con su mirada, su vista confunde el piso con el camino férreo que entierra sus días. Descalzo se dirige al lavabo, donde toma su cepillo dental y procede al rito habitual de su higiene dental, pero cuando abre la llave, el agua empieza a salpicar excesivamente, el lavamanos llega hasta el piso, y si no es molesto como rebota el agua, es molesta la gota que canta cuando cae en el vacío. Eremita trata de no prestarle tanta atención a esas cosas, él piensa "con el tiempo me acostumbraré, y lo raro será que no me maree", así que con un ánimo renovado avanza en su rutina.

Eremita está mal de las rodillas, por lo que toma el ascensor que está junto a las escaleras, (que por cierto, es la primera vez que se fija, en que las escaleras se pueden subir y bajar, por dentro y por fuera de esta; interesante). Toma el ascensor mientras se fija en las ridículas escaleras. Cuando está adentro, nota que las puertas no se cierran, mira el panel de control que vertical se recuesta sobre su propia espalda y se fija en que los botones son esferas blancas volviéndose translucidas en su mediocridad, su impresión es aberrante. Con su dedo, frágil y viejo, trata de presionar el botón, pero cada vez que lo hace, se resbala su dedo en la esfera que rueda, y no consigue presionarlo. Así que sale del ascensor y lentamente empieza a bajar las escaleras, paso a paso el torno da una vuelta; sus manos de barista entumecido, se sujetan de un barandal que no alcanza a tomar por completo, la distancia focal de la elipse que forman los arcos de su mano, es miseria al radio absurdo del barandal aguerrido a vencer por una vez en su industrialidad. La mano sin vida, de repente, depende de la tracción de un material.

Eremita está en el primer piso al fin, y se dirige a la cocina a hacerse un rico y balanceado desayuno. Lo primero que hace es buscar una olla, así que va hasta aquel distinguido gabinete inferior debajo del lavaplatos, se agacha con mucho cuidado para no golpear sus rodillas, abre las puertas y ve su sartén premeditado. Mete el brazo hasta el fondo del espacio, pero no lo alcanza, se sorprende por lo mal que recuerda sus propios espacios, así que mete la cabeza dentro del espacio, y estira aún más el brazo pero no alcanza, no siente la olla en sus manos. Se escucha un gruñido, con las rodillas empieza a impulsar su cuerpo hacia adentro, y en un instante, tiene todo el cuerpo dentro del cajón, pero aún no siente la olla en sus manos, ¡vaya la forma en que anhela sentir el frío metálico en sus dedos!, Se rinde al levantar la cabeza, y observar todo el espacio que aún le queda por recorrer para alcanzar la olla, tira su obstinación y sale del cajón. Ve una licuadora encima del mesón y se decide por preparar un nutritivo batido de frutas. Toma unas manzanas, peras, pitahayas, bananos, kiwis y una papaya. Las corta en trozos muy pequeños y las recoge con sus dos manos en forma de cuenco, con delicada concentración, apunta la caída de la fruta hacia el vaso de la licuadora, cuando sus cálculos (mentales) le anuncian que todo está bien y correcto, abre sus manos y deja caer la fruta; ¡PERO VAYA SORPRESA!; ni un pedazo de fruta cae dentro del vaso de la licuadora. Eremita, preocupado por su salud mental y visual, repite el ejercicio, pero esta vez con solo un pedazo de manzana. Cuando acerca el trozo se da cuenta de que no cabe en el vaso, así que lo toma y lo corta por la mitad con el cuchillo; su suspiro es pretencioso, su mirada es inquisitiva con la naturaleza de la fruta. Acerca el pedazo de manzana a la boca del vaso, pero luce igual que el primero, no cabe en lo absoluto, con desesperación y el enojo más pasivo con las que mis pupilas se han dilatado, Eremita corta la fruta, pero la fruta sigue sin caber. Se desespera y toma las llaves que están sobre el mesón del hall de la entrada, enfurecido, camina hacia la puerta, la toma con sus dos manos y empuja la manija con manipulación soberbia.

La puerta no abre.

Vuelve a encender su ira para moldear su fuerza, la manija gira, pero la puerta simplemente no abre, ni hacia dentro, ni hacia fuera. Se asoma por la ventana siguiente de la puerta, y ve un extraño bloque oscuro que se extiende desde la puerta hasta donde sus ojos alcanzan a ver, analiza la situación, se acerca a una ventana, la abre y con mucho cuidado se desliza a través de ella, tirándose de cabeza como si el degenerado opresor de puertas fuese un niño en un tobogán.

Ahora desde afuera observa que no hay forma fácil de volver a entrar. Salta, pero no alcanza.

Lamento proceder la historia con destripamientos, pero el anciano murió intentando llegar a la ventana. Eremita subió lo más que pudo con objetos varios, desde sillas, macetas, un tocadiscos, ladrillos y neumáticos.

Cuando las autoridades encontraron el cuerpo, anotaron que la casa medía como 20 metros de largo.

Yo pienso que fue como si creciera, solo para no dejarlo entrar.

El recodo penitente del material encorvado alcanzó la simpleza de no terminar. Parece que está excluida la idea de los límites estructurales y funcionalmente altivos.

 
 
 

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