Naranja
- Molde Vacío

- 9 abr 2020
- 2 Min. de lectura
Estaba desarmado cuando la llama de la vela me miró a los ojos con una expresión menguante, entre decaída y sublime, se movía vehemente en el canto de sus humos; caliente por su ser y naranja su silueta. Mi impresión no podía ser más confusa, porque, aunque sabía que quería decirme algo, no lograba identificar la dirección de su mirada. Inclinaba mi rostro, giraba su recipiente, le daba vueltas a su misma luz, pero no lograba comprender el rumbo de sus ideas. De repente, en una revelación adkinofiana de sincera empatía, me doy cuenta de que la llama de la vela está mirando el bombillo de mi cuarto. La fijación era interesante, porque su observación no era de admiración, la vela resplandecía ante mi nuevo descubrimiento. Así que, me quedé mirando concentrado sus mechas encendidas, buscando en el derrame de su cera un poco de sabiduría prolífica, y en su propio ahogo algo que me inundara. El rastro que seguí me llevó más lejos de lo que pensaba, y en el presente escrito dejo la traducción de lo que comprendí, a través de mis ideas, porque el lenguaje de esta no son palabras: La vela es más íntima que la luz de bombillo, porque su brillo depende de mi acción ignífuga, su cercanía es permanente por lo delicado de su alcance y se agita con la respiración de un suspiro reservado. No quiero deslegitimar la tecnología, pues este amor ahora es más rápido y definido que el anterior, sin embargo, he visto cómo el disfrute de tener un pequeño amor oscilante me hace cuidarlo más que un bombillo, que puedo encender y apagar diez veces en lo que mi piel se quema por escuchar sus deseos. El amor es una vela que, por ser tediosa y lenta de manejar, ha sido reemplazada por el bombillo. He dejado de pensar sobre el cuidado de la luz, me he vuelto un ser egoísta que transforma la luz en costumbrismo visual y que solo presta atención al desgaste definitivo, más no al desarrollo de su corazón. Quiero un amor de vela, porque en nuestra prolongada conversación entendimos el valor del otro como una oscilación desmeritada, pero encantadora.



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