Maté a alguien
- Viento Invernal

- 20 nov 2019
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 5 mar 2021
Hay una imparable tormenta afuera, rayos caen cada segundo y sus truenos resuenan como los rugidos de una mantícora. Un joven se refugia en la biblioteca, un lugar apacible e imperturbable, el techo es alto y de cristal, las estanterías suben hasta él, atravesando el segundo piso, el cual consta de varios puentes entrelazados. Hay varios libros apilados sobre la rayada y polvorienta mesa de madera, ninguno está abierto, el muchacho no está leyendo nada, solo los apila como buenamente puede sin levantarse de la fría y dura silla. Mira la ventana a su derecha después de terminar la décima torre de más de 10 libros, está tan oscuro afuera que ni siquiera se alcanza a ver la luz de las farolas, solo como las gotas resbalan por el vidrio como lagrimas de resignación. Suspira y se levanta, va hacia el estante más cercano y coge todos los libros que puede sostener en sus brazos, sus manos están manchadas, es como pintura seca de un color escarlata, sin embargo, es opaca e irregular. Regresa a su silla y continua ensimismado en la construcción de una nueva torre.
En medio del golpeteo de las pesadas gotas suena algo diferente, pasos, alguien se le acerca lentamente. Es una señorita con grandes gafas redondas, abraza un libro con todas sus fuerzas y en su rostro se refleja una expresión de desconcierto–. Buenas noches. –su voz era dulce y pacifica como un lago. No hubo respuesta, entonces la chica fue al otro lado de la mesa y se sentó frente a él–. ¿Cómo te llamas? –
–¿Necesitas algo? – respondió finalmente el muchacho cuando la torre que construía se derrumbó por culpa de un rayo que pareció caer justo al lado de ellos.
–¿Cual es tu nombre? –insistió la joven, sus ojos como la miel lo miraban fijamente.
–Lo olvidé. –contestó fríamente el chico.
–¿Y qué haces aquí? A parte de desordenar todo. –
–Apilar conocimiento, jugar con los recuerdos... No lo sé, solo espero que la lluvia termine... o que no. –finalmente soltó los libros y volteó a verla.
–Yo creo que escampará pronto, ¿no lo crees? –preguntó la señorita.
–Tú no sabes eso. –respondió el muchacho al instante–. El llanto de este cielo tardará lo que necesite. Y si fuera por mi, preferiría que jamás deje de llover. –
–¿Crees que este mundo está sufriendo? –
–¿Acaso no hay una tormenta cada día? –cuestionó el joven después de suspirar con cansancio.
–Claro, al igual que hay un amanecer en cada día. –
–Tienes razón, pero creo que está vez lloverá hasta el final de los tiempos. –
–¿Por qué lo dices? –preguntó la joven, curiosa.
–Alguien murió hoy. –
–Mueren personas todos los días. –respondió la chica con un toque amargo. El muchacho bajó la vista y guardó silencio–. ¿Nadie te espera en casa? –como pudo evitó la muerte de la conversación.
–Olvidé mi nombre, olvidé quien soy, no sé si tengo un hogar al cual regresar. –
–Quizás puedas crear uno. –respondió la señorita.
–Ojalá fuera tan fácil. Pero si amanece una vez más no tendré más opción que escapar por siempre. –
–Este lugar es un refugió seguro. Solo aquí se encuentra el tiempo y silencio necesario para encontrarse a uno mismo. –
–Yo maté a alguien... –un delicado silencio tomó lugar, incluso pareció que la tormenta amainara un poco.
–Lo sé. –respondió la chica.
–¡¿Entonces por qué hablas conmigo?! –el muchacho se levantó en cólera, se impulso de la vieja mesa y el golpe hizo que todas las torres de libros se derrumbaran, los cuales se desbordaron hasta caer al suelo.
–Porque nada realmente puede morir. –los tiernos y tranquilos ojos miel de la señorita contrastaban con la expresión de terror y dolor en los ojos negros del chico–. Puede que hayas querido olvidar quien eres, pero creo que entiendes quien soy. Ahora, toma asiento, no puedes huir de mi. Dime, ¿por qué lo hiciste? –
–Siento mucha vergüenza y tristeza, no te lo diré. –
–No te juzgaré, pues yo ya lo sé, pero es importante que de tu boca salga la confesión, no de un noticiero cualquiera. –la señorita se levantó y tomó asiento junto al joven–. Ahora dime, ¿por qué lo hiciste? –
–Porque estaba solo. Porque estaba harto de todo el desprecio que recibía de lo demás, las miradas de asco y las falsas sonrisas de aquellos que creían que me conocían por solo verme la cara de vez en cuando. Estaba cansado de todos... pero había alguien que era diferente, no sabría decir por qué, pero sé que lo era, y lo hice por ella. –el muchacho observaba sus manos, impotente.
–¿Y que pasó después? –preguntó la señorita, intrigada.
–Me deshice de todo. Lo hice todo por ella así que no sentí nada, fui a buscarla a su hogar. Por el camino pensaba si me querría más, si me aceptaría ahora que maté a alguien por ella, si sostendría mis manos, las mismas que usé cuando maté a alguien por ella. –
–¿Crees que vale la pena llegar tan lejos por una persona? –interrumpió la chica. Finalmente dejó sobre la mesa el libro que sostenía, era de color negro y no tenía portada.
–Ya no se qué es correcto, ya no sé que debo hacer. –los relámpagos iban y venían en medio del relato–. Mientras me adentraba en los suburbios escuchaba las sirenas, veía a lo lejos las luces intermitentes, pero no tenía miedo, mi disfrazas era bueno y no sentía culpa. Entonces después de meditar sin rumbo llegué a su casa. Se abrió la puerta y lo primero que veo es su rostro, estoy determinado y seguro de lo que hice, la veo a los ojos por unos segundo, "Soy yo." le dijo, pero ella no me reconoce. "Estoy corriendo." le dije, "Necesito un lugar para esconderme." rogué, pero no dijo nada. "Déjame explicarlo, te diré toda la verdad." insistí, pero seguía sin tener respuesta alguna, "Se que lo entenderás si me dejas pasar la noche. " –
–Una decisión difícil para ella, supongo. –
–Hice lo que ella quería, ¡lo que todos querían!–
–¿Funcionó? –preguntó la chica. La tormenta empezaba a calmarse.
–Si lo hubiera hecho no estaría aquí. –
–Ya veo... –comentó la joven–. ¿Recuerdas a quién asesinaste? –
–Sí... a quien maté fue a mí. Intenté cambiar quien era, para ser lo que se esperaba de mí. Traté seguir su dirección, hacer todo lo que querían. Esperaba que alguien me amara, que alguien me aceptara si dejaba de ser aquel a quien todos desprecian. Pero me equivoque. –
–¿Cuál será el problema? ¿Tu o las personas? Qué pregunta tan difícil, intentar ser lo que quieren los demás, lo crees que funcionará, algo que requiere mucho valor, por supuesto. Pero... ¿qué es lo que realmente quieren las personas? ¿Qué acaso no todos sufren de lo mismo? –la señorita puso su mano delicadamente en el hombro del chico–.Sí algo he aprendido durante mi infinita vida en este laberinto de recuerdos es que no hay vuelta atrás, pero eso no significa que no se pueda seguir avanzando. –
–¿Entonces qué debo hacer? ¿Hay algo que alguien como yo pueda hacer? –
–No, no lo hay. –la chica se levantó y empezó a alejarse–. Puedes quedarte aquí todo lo que quieras. Incluso puede que encuentres la respuesta de alguna pregunta. –
–No te vayas, no tengo a nadie más con quien hablar y estoy asustado de salir. –
–Yo no puedo salir de aquí, pero no puedo quedarme a tu lado, no soy lo que necesitas, no soy real. Pero escucha lo que te voy a decir; aún tienes tiempo, nunca es tarde para dejar entrar el amor en tu corazón, pero debes mantenerte fiel a ti mismo, perdonar a aquellos que te odian y soportar la carga de la soledad. pero por encima de todo, tienes que despertar. –



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