La Pluma Blanca
- Ela

- 23 mar 2020
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 4 mar 2021
La complejidad de las palabras está en lo ambiguas que resultan y la variación de significado ligada a múltiples contextos, a conocimiento o crítica, de lo poco que sabemos y lo mucho que desconocemos.
Este es un recorrido por el camino que ha ido formando el lenguaje a lo largo de la historia, mientras se exponen los contrastes entre el conocimiento y la crítica desde una aplicación científica. Pero también se moldea lo que es la ciencia y el aprendizaje, si se trata de un aprendizaje constante o un crecimiento ligado a las palabras.
Si el lenguaje ha vivido transformaciones a lo largo del tiempo que lo han convertido en protagonista, ¿no sabemos hoy, acaso, muchísimo más de lo que sabía Sócrates en su época?
Tal vez el verdadero dilema se plantea desde la libertad, más allá del conocimiento o la crítica frente a la verdad, adoptando un enfoque desde aquello que realmente nos permite una expresión como humanidad.
Aunque resulte paradójico, este recorrido me llevó a evidenciar una esencia tan humana, como la libertad, en un animal. Para ser más específicos —y diferenciando por un momento al humano del animal—, se trata de una paloma. Las palomas son la idea más cercana a la libertad, no por caer en la antigua tradición de igualar la capacidad de volar a la libertad. Pero esto realmente influye: volar permite movilizarse sin condicionarse a creaciones humanas como vías o tráfico, puede que dependa del clima, pero es algo más allá de nuestro dominio.
Para ejercer este derecho es importante alejarse de lo inusual; el poder puede verse como libertad, pero alguien con poder es una celebridad y ese rango de fama convierte a ese alguien en algo inusual. El poder limita lo cotidiano del alguien, por la seguridad de él y los que están a su alrededor, o cualquier otra razón. Eso pasa con un ave más exótica, como un águila, que, aunque parece más imponente y con mayores capacidades, su libertad se limita por lo que la convierte en celebridad. Llamar la atención le impide desarrollarse con normalidad y debe existir cierta normalidad en la libertad para que funcione como concepto.
Las palomas hacen parte de la cotidianidad, no es escandaloso ver una paloma en la calle y volando por ahí —digo escandaloso porque se sabe de su presencia, pero no resulta, generalmente, desagradable como un ratón—, no buscamos formas de destruir las palomas, sino de convivir con ellas, porque no son ciertos insectos que, creemos, necesitan de algún repelente al no ser bienvenidos en nuestro día a día.
El poder desplazarse y estar en casi cualquier lugar sin alardear de su presencia las hace, en cierta forma, libres. No son la idea completa de libertad, aún existen limitaciones más allá de volar, pero es algo pretencioso exigirles alejarse de las limitaciones clásicas de los seres vivos.
Como parte de ese conjunto de seres vivos, podemos imaginar que somos palomas por un momento: necesitamos relacionarnos de alguna forma, más allá de gorjeo, puede ser por medio de migas de pan, movimientos de nuestras alas o cualquier otro mecanismo. El punto de este ejemplo no es visualizarnos solo como palomas que podrían razonar, también como humanos que evolucionaron hasta ser palomas y su razonamiento no se vio afectado.
Si evolucionamos hasta ser palomas, significa que nos enfocamos en la idea de libertad desde nuestra normalidad y podemos continuar razonando. Es decir, alcanzar la libertad sin perder la razón ni la normalidad.
Pero, ¿cómo lleva esto al punto (objetivo) del lenguaje?
Necesitamos mantener esa capacidad de exponer nuestro conocimiento y cuestionarlo en palabras, tanto esta premisa como la libertad deben relacionarse. Y para eso está la importante diferenciación entre lengua y lenguaje.
Por ejemplo, Moana, que hace parte de esas producciones que se traducen a varias lenguas y permiten un alcance cultural que no esté limitado por subtítulos o referencias internas. Esa es la idea; que, sin importar el doblaje de sus canciones, pueda permanecer el encanto de la representación de otra cultura, que toda su composición termine en una relación perfecta con la historia del musical. O, tomando como ejemplo otro trabajo de Lin-Manuel Miranda, el caso de Hamilton y esa forma de transmitir un mensaje con fidelidad a su historia, sin perder la facilidad de identificarlo en la época actual. De esa manera, se combinan dos aspectos y se convierten en uno solo: uno mejor que ambos. Como el ser humano evolucionando hasta ser una paloma, que resulta un intercambio cultural evolutivo.
Esta es la idea del lenguaje, incluso si parece una idea distorsionada cuando este argumento puede convertirse en un eufemismo de "la música es un lenguaje universal". Pero mi punto es algo diferente, es buscar la libertad en esos rasgos comunes del lenguaje, en llegar a una comunicación que vaya más allá del idioma, más allá del conocimiento y las reglas que hemos impuesto para determinar qué es verdad y cómo tomar esa afirmación y formular una crítica.
Si planeamos llegar a ser palomas, tendríamos libertad, razonamiento y comunicación. Ese es el equilibro entre los conceptos "paloma" y "ser humano", y esto podría crear un modelo de ser vivo con grandes ventajas.
Este es un proceso de asimilación un tanto más personal, una apropiación de algo tan discutido para compartirlo con perspectivas personales. Es una idea que se presenta dentro de un dilema bastante poderoso, como lo es el verdadero conocimiento y la evolución del lenguaje, que luego es llevada a un campo de apropiación.
Ese es mi gesto de paloma, una reivindicación de por qué la libertad nos condiciona a aprender y a comunicar ese aprendizaje a futuras generaciones, porque, ¿qué es el conocimiento si no se comparte?
¡Mirad, yo os enseño la Pluma Blanca!
La pluma blanca es el sentido de la libertad del ser.
El ser es una cuerda tendida entre el animal y la pluma blanca,
sobre un abismo de condena.
La pluma blanca es aquel que ha alcanzado su libertad sin abandonar su razón,
y puede compartir lo que es sin limitarse a las lenguas humanas.



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