top of page

Huye, Liliana

  • Foto del escritor: Ela
    Ela
  • 9 abr 2020
  • 3 Min. de lectura

Hablaron de Liliana como un dije de una pulsera en el tobillo.

Aún no comprendo a qué se refieren, pero desarrollaron esa idea con tanta fascinación que tuve que escuchar. No es común, Liliana al final del día me es indiferente, pero escuché porque alguien se comprometió lo suficiente con la idea de ella como para que prestara atención.


Decían que era la única persona con la que compartirían el ascensor cómodamente, lo dijeron como si fuera un galardón. Y tienen razón, no cualquiera es capaz de cruzar esas puertas y ser recibido con una sonrisa honesta o ánimos de conversar, solo no entiendo cuál es el aspecto que debe tener alguien para ser un digno acompañante de ascensor, para que no cierren las puertas disimuladamente o se acomoden en un rincón lejano.

Creo que quieren algo de Liliana, pero no sé qué.


Decían que hacía del edificio un lugar más agradable. Si no los hubiera escuchado en esa situación, sería honesto, pero la verdad Liliana no hacía nada más agradable. Se levantaba a criticar cada pequeña pieza de ella y de todo en el espejo, se hacía un americano con granos de azúcar y un terrón de café, dejaba todo salpicado, como si hubiera pintado sin saber qué es la pintura o dónde ponerla, y se sentaba a leer el periódico junto a la ventana. Nunca sabía de nada, lo que leía se quedaba en su retina y todo le daba igual. Parecía como si nunca hubiera lavado una sola taza de café en su vida, solo la dejaba en el lavaplatos, tomaba cualquier pan y corría a ducharse. No pensaba en reposar o ser consciente de la mañana antes de tomar una ducha; a Liliana todo le daba igual.

Vivir con ella parecía un castigo. Pero verla en los pasillos, en el ascensor, en la piscina, en el lobby o fuera de esas cuatro paredes, sí era un deleite para los vecinos. Es lo que no entiendo, Liliana no tenía nada que obligara a verla y sonreír, se la pasaba tumbando cosas y corriendo. Es que corría como si los pasillos se hicieran cada vez más pequeños y sus pies estuvieran ardiendo, como si tuviera mucha prisa en llegar al apartamento sin ser detectada por algún sensor.

El punto es que era ruidosa, ese día incluso más, ya se desmerita como vecina. No tiene gracia embellecerla.


También dijeron que era cumplida con sus pagos, como si viviera sola o pagara sus propias cuentas y fuera necesario admirarla, porque ‘tan joven’ y ya adueñándose de un contrato de arrendamiento. No dejaban de repetirlo: ‘tan joven’.

Son absurdos cuando mencionan su edad, eso no la hizo más digna. Creen que los años brindan un estatus que debe respetarse, como si la edad fuera un requisito más allá de los aspectos legales, que ser joven es ser merecedor. Nadie es joven, es un mito, un delirio de los que creen conocer el mundo, no hay un mínimo de edad para saber qué es vivir; solo hay contexto, educación, riqueza, inteligencia, ese es el conjunto a cuestionar, no los años.


Cuando llegaron al punto del dije pensé que sería una broma, que solo estaban diciendo cosas para burlarse, y sonreí. Dejé de hacerlo cuando supe que no lo era.

Dijeron que llevar una pulsera en el tobillo es darles toda la elegancia que se puede a las piernas, justo el talento de Liliana, que era embellecer cada espacio al que tenía acceso, pero no de cualquier manera mediocre, es decir, no le bastaba con la pulsera, tenía que ponerle un dije. Pero todo ese adorno debía ser útil, no un dije que tuviera una punta que se enredara con algo y cayera, no, un dije objetivo. Según ellos, embellecer los tobillos con joyas era su esencia, pero ella era el dije. Tratando a Liliana como lo objetivo de la vida.

Yo digo que era como pintar las llantas de un auto; inútil pero encantador. Aunque, para mí, encantadora no era, pero así la veían los vecinos y en este punto ya debo aceptarlo por mayoría.



Liliana, diles que ya te fuiste y que no vale la pena idealizarte u odiarme.

Diles que te da igual.

 
 
 

Comentarios


Te has suscrito a Adkinof

bottom of page