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f l o t a r

  • Foto del escritor: Ela
    Ela
  • 14 dic 2019
  • 1 Min. de lectura

Llueve, y parece que nunca cesará, no cesará como el agua que oculta las calles, no hay un camino para observar, ni una ruta para seguir, es imposible, como seguir las pertenencias, que cumplen su tiempo de vida, unas flotan y otras se hunden, pero ninguna queda igual, tampoco quedan iguales los libros, ellos lloran y se deshacen con cada gota que los alcanzó, al final no volaban, ni las personas vuelan, ellas lloran, más que el cielo y los libros, no son parte del río, no pueden vivir en él, ni las casas viven sin sus puertas; son arrastradas, se van con la corriente y se llevan la seguridad, seguridad que también se va cuando techos muestran el nivel del agua, el lugar que fue y donde estaban los hogares que ya no son, hogares donde los muebles no son útiles, porque no están en tierra firme, pero no lloran, ellos flotan, en cambio los árboles no flotan, lloran o se hunden, no, son escandalosos, muestran la magnitud del desastre, y su fuerza para mantenerse, fuerza que abunda en los animales, quienes no entienden, pero luchan, también aman su hogar, el hogar que ahora sería solo de los peces, pero eligen no aparecer, al menos no gloriosamente, es un río deprimente, deprimente como las opciones que hay; vivir en el río, o huir de él, nadie quiere quedarse, pero si alguien quisiera, sería por el afecto a las pertenencias o al lugar, el lugar que aún sufre porque la lluvia no se detiene, ¿acaso no ve lo que sucede?


Lugar maldito, te rendiste ante el cielo y te dejaste inundar.



 
 
 

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