top of page

El Mamboretá

  • Foto del escritor: Ela
    Ela
  • 30 oct 2020
  • 3 Min. de lectura

''Martina, tapa la caja que se va a salir'', ''Martina, ¿es venenoso?'', ''Martina, déjame verlo''. Martina se mueve y toda la atención se dirige al insecto, ''mira cómo gira la cabeza'', tal vez sea momento de revelar que no es venenoso, se han inventado un peligro desde el miedo, y ella está segura de que no hace nada. ''Martina, la campana''.

Martina se va, pero deja la caja, sale al parque y cree que en el salón de clases se quedarán narrando cómo son las patitas del insecto, debatiendo si es un saltamontes grande, si parece una hoja, si pica, vuela o cambia de color, y sabe que se hablará del 'insecto', así de indiferente, porque Martina no lo nombró. Es complicado, aunque le gustan sus patas simulando que reza, nada la llama a nombrarlo, no se siente tan apegada, tampoco le gustan sus ojos, muy reveladores, y las alas, que prometen ser algo más, ni se ven. Por eso prefiere dejar esa tarea a los demás, porque no tienen datos, solo chistes, y esa es una buena forma de acercarse al final, sus bromas toman en serio que son una herramienta para relacionarse. ''Martina, era un chiste''.

En el parque, Martina escucha revelaciones que no pidió, no preguntó por ellas, pero sabe que así funciona, y menos mal aprendió a hablar también, sabe que tiene que decir algo para que le den un nombre, como a su insecto. La diferencia es que ella existe afuera y no en una caja, así sea solo como espectadora de los demás, que sí son en todas partes. Cree que es gracioso el hecho de ser de forma tan definitiva, algo así como los pasos sobre el pasto que van marcando un camino con la tierra al descubierto, se ha de sentir usado el pasto, los demás solo lo exponen para saber hacia dónde deben ir, le imponen su ruta. Y, aunque tengan claro a dónde van, exponer la tierra les dice cómo llegar allí, facilitando todo, y así su esfuerzo es solo saberlo. Resulta divertido para Martina, pero ella no tiene zapatos desde hace mucho tiempo, tiene que mantenerse en el pasto más largo y solo levantar la mirada para hablar. ''¿Te gustan los bichos?'', casi lo olvida, ella no habla si no es para dar respuesta, menos mal está alguien por ahí buscando conversación; sí, le gustan. Lo de siempre, no obedecen mucho a su respuesta, se trata de la pregunta que solo Martina puede satisfacer, pero se siente especial, le gusta que solo ella puede continuar eso que alguien empezó, una única cosa que depende de ella y no está viva. Camina un poco más, y más rápido, porque el camino continúa, aún no termina.

Cambia de pasto a baldosa, primero se confronta, se pregunta de qué tiene ganas, si el arroz finalmente la hartó o si los tomates tendrán un sabor diferente esta vez, luego se impulsa con el plato, ''¿te sirvo papa?'' y termina con su mirada de confirmación; lo de siempre. No es sencillo hablarse a uno mismo, es verdad, pero las preguntas son violentas, ojalá el almuerzo viniera a ella empacado en un silencio total y así nadie pretende más. Tiempo después aparece la campana de nuevo, y la reacción de los demás rompe las reglas del camino, todos regresan, ella va detrás, avanza en medio y llega primero al lugar, donde hay una caja que la extrañó más que todos, con un insecto solo como siempre, y los demás que recién están entrando. Es decepcionante no poder responder a más preguntas libremente, que una maestra pida silencio, que nadie se interese por nada al final, y que dé igual si se expone un tema ajeno a la clase, no importa si alguien no entiende aunque le expliquen, lo importante es que nadie vea cuando se pasan papeles con mensajes, como en los viejos tiempos. Pero ella no lo ve así, ella escucha y no tiene que fingir que aprende, ella sí existe para aprender. ''Martina, ¿qué almorzaste?'', al menos ella piensa y no se ahoga en la información directa del exterior, ''Martina, es la página catorce, mira'', ella sabe que es incomprendida, porque para los demás se trata de satisfacer y no de luchar, de sentirse bien y de mirar sin observar, ''Martina, mira que se llaman mantis y no pican'', cuando ni siquiera saben en dónde están.

Martina debe tener razón, siempre da más cuando solo a ella le dan menos.

 
 
 

Comentarios


Te has suscrito a Adkinof

bottom of page