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Creativamente

  • Foto del escritor: Ela
    Ela
  • 21 jul 2020
  • 6 Min. de lectura

Si intentara describirme, sería a través de otra historia; una que trate sobre el amor. Y no, no tengo certeza alguna de lo que pueda ser el amor, ni siquiera puedo evitar repudiarme por utilizar esa palabra como si tuviera alguna autoridad sobre ella. Pero es que casi siempre se trata de amor y, honestamente, no tengo una mejor propuesta para negociar.


Esta historia es de los recuerdos más genuinos que tengo, no solo como charla, sino por todo, por la construcción que me hizo el honor de recibir aquel que la vivió. No comprendo su confianza hacia mí al entregarme esa vivencia, pues lo único que hacía era permanecer frente a sus declaraciones. Sí, permanecer nada más, porque no era justo responder solo porque me parecía correcto, por mostrarle mi interés. Si necesitaba entregar alguna palabra, que fuera desde la experiencia o el consejo sin ánimo de lucro. Pero no podía ofrecerle nada de eso, aunque debería saber que quería hacer justicia a esas historias.


Él me compartió sobre ella, aquella que destacaba por su claridad frente a la vida, y a ella misma. Alababa su sensatez para cultivar su pensamiento, no lo iba regando como si de una semilla cualquiera se tratara, tenía bastante claro qué quería cosechar.

Ese talento les ayudó a crecer en sí mismos, compartían cada vez más un poco de esto y aquello, hasta que podían recordar cualquier cosa y, en menos de dos segundos, terminar en el recuerdo del otro. Crearon ese orden de ideas sin planearlo, solo juntaron tanto sus vidas que lo que eran pertenecía al otro. Tenían tanto de sí mismos, no jugaban a robarse lo que el otro estaba siendo. Pero tan poco a la vez, porque ya no podían ser independientes en su paso por esta tierra, era una dependencia más allá del concepto, en su propio ser estaba escrito lo que habían sido juntos, y ninguno quería o podía cambiarlo.


¿Cómo era ella?

Bueno, me decía más lo que no era, supongo que para evitar reducirla, porque era muchas cosas.

Pero no era egoísta, no en el sentido de un anhelo por el bien de otros (aunque sí), sino que no conservaba ningún aprendizaje solo para ella, tenía que compartirlo siempre. Cada idea, cada emoción, algo tenía que hacer con esas cosas. Y eso la convirtió incluso en una exageración de sí misma, no podía conservar nada, no podía permanecer en anonimato, porque ofrecía lo que era constantemente, como si fuera por un bien mayor. Y así surge mi vivencia favorita.


Un día encontraron una billetera, con suficiente dinero como para que perderla se tratara de algo mucho más serio que torpeza. Preguntaron a personas a su alrededor si habían perdido algo, sin decirles qué, claro, corrían el riesgo de ser engañados por la oferta, y convenientemente, no había identificación y las tarjetas no eran la gran cosa, por lo que no llevaban nombre en ellas. Pero nadie sabía a qué se referían.

Estuvieron una hora, o un poco más, preguntando y caminando por calles cercanas a ver si alguien buscaba ese dinero, y nada. Se detuvieron, observándose, sabiendo que debían resignarse, pero se condenaban un poco por saberlo, no tenían que aceptar con tanta simpleza ese dinero. Por eso, ella sugirió darle el dinero a alguna persona que pareciera necesitarlo más que ellos, diciendo que tenían que pagarle al azar con azar, o a la bendición con bendición.

Y eso hicieron, entregaron la billetera a un hombre, quien agradecía profundamente. Pero ellos no querían sentirse halagados, no tenían mérito alguno en ese acto, no les costó ningún esfuerzo financiero, solo la voluntad, así que eligieron alejarse con el riesgo de mostrar indiferencia.

Entonces surgió una relación de conceptos y análisis intenso de la situación; ella no tenía claro su papel en ese acto. Es decir, todo apuntaba a que no merecían un mérito por el dinero como tal, pero sí por la voluntad. Aunque no era ningún mérito, era cuestión de simplemente hacer lo correcto, de no apropiarse de las bonitas sorpresas de la vida, pero claro, lo correcto también pudo ser simplemente conservarlo, porque ya lo compensaban con la buena acción de buscar al dueño.


Si escuchaba esta historia y el final era conservar el dinero, luego de su ardua búsqueda del dueño, lo entendería. Y, por otro lado, si no hubieran luchado por encontrar a ese dueño sería más sencillo cuestionarlos, porque actuaron rápido y conservaron la bendición para sí mismos.

Todo un dilema que provocó que ella condenara su acto, diciendo que en realidad estaban siendo egoístas, por no aceptar el acto normal de luchar un poco y conservar el dinero, sino que querían ir más allá, para construir una imagen mucho más optimista de su negociación con el azar. Que, en realidad, se trató de la imagen, de lo sobresaliente que es obrar para alguien más, del bien en general, para construirse una imagen de generosidad al salirse de ''lo normal''. Eso resultaba egoísta para ella, porque convertían el gesto en su propia imagen.


No conozco mucho de lo que sucedió después, solo sé que discutieron su semi tesis del bien y el egoísmo durante un tiempo, y que a él le encanta contar esa historia.

Pero el texto no es por la billetera, ni por ellos, ni por el debate supuestamente moral, es sobre mí.

Lo que habían construido juntos era toda la obra que mayor sentido tenía en mi mente, pero no pude encontrar un equivalente para mí, pensaba que era porque no conocía el amor, ni a alguien que me llevara a sentir la pasión que él manifestaba por ella, o que inspirara esas ideas.

Que, en resumen, dependía de alguien que me llevara a amarlo para comprender cómo era sentir.


Y me disculpo por la simplicidad de mi conclusión, es que no tengo ningún talento para interpretar, simplemente debo fomentar un poco mi creatividad, y así la historia no cae en la simplicidad.

Por eso mi redacción está sumergida en eufemismos, pero ¿de qué? ¿De vida? ¿De existencia? De cualquier cosa, la verdad, con tal de utilizar la poesía como comodín. Ese es mi problema, entre toda la frustración me encuentro con retazos de escritos que nunca funcionaron porque, con tantas ansias de delicadeza, terminaron siendo peor brusquedad que simplemente soltar las palabras.

Aunque no estoy forzando nada, no hay reglas a las cuales debo apegarme, es verdad, pero si esto existe, es porque creí que era una buena idea, aunque sea solo un pensamiento fugaz. Ese pequeño fragmento de ''buena idea'' hace que esto fluya.

Porque el problema no es reprimir lo que siento o imponerle reglas, sino esperar mucho de esa emoción. Si me condenan, que sea por no llenar mis propias expectativas, porque tal vez eso es lo que limita mi escritura, no mi falta de empatía por mis ideas.


Ideas. Que ambigüedad, lo que hago es tomar un algo, darle forma según lo que me parezca y presentarlo con algún tipo de desapego, porque deja de ser mío, y pasa a ser del público. Pobre del público, que ahora acepta esa idea y tendrá que darle forma, con el poco contenido que le di. Pero sería bueno que no crearan teorías sobre ella, porque si alguno de mis actos tiene que llamarse ''obra'', debería solo mantenerse así, existiendo, que no trascienda, y que si lo hace, no se le dé otra forma, que lo vean tal cual es y que se valore por el contenido que tiene, no por la apropiación, no quisiera hacerme responsable de esas cosas. Y sí, esos actos tienen algo propio, por eso tienen que cuestionar quién soy. Pero lo necesito; que me condenen por esa pregunta, para que me obliguen a ver qué clase de pensamientos ruegan por ser plasmados, pero los encierro porque es absurdo convertirme en ello. Sería útil ver qué ruega por existir, para que lo haga y sea honesto.


La estructura de este texto se reduce a quién soy, porque vivo a través de sus ideas, no estoy creando nada, soy la repetición de lo que utilizo como excusa para contar historias. Pero no está bien, soy consciente de ello, vivo a través de su amor, no hay más una diferenciación entre ellos y yo, porque no sé cómo es que quiero afrontar la vida, así que solo tomo lo que esta me ofrece para hacerme ideas y vivir apropiándome de cada una de esas cosas.


Ese es el problema, ¿y si es sobre mi falta de empatía por mis ideas, porque simplemente no sé sentir? Al menos no como ellos, y bueno, es hasta innecesaria la comparación para mi propia humillación.

 
 
 

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