Aventura en la Nieve
- Viento Invernal

- 24 ene 2020
- 18 Min. de lectura
Actualizado: 5 mar 2021
Una campanada interrumpe tu dormir, arrancándote del sueño profundo en el que navegabas. Abres los ojos y tu mirada se pierde en el techo; tratas de recordar que fue lo que soñaste, pero es tarde, cada evento se desvaneció de tu mente y lo único que se quedó contigo fue la sensación de paz que te brindó, un sentimiento que crees que no mereces, que jamás volverías a sentir, no obstante, lo disfrutaste. Escuchas otra campanada y decides levantarte, retiras la cálida y acolchada cobija y te sientas en tu cama, el colchón que en un primer momento se sintió como una bendición ahora no te permite dormir cómodamente, sin embargo, no te importa, la sensación de cansancio que te asedia sin descanso es más dura que el mismo colchón. Te levantas y caminas erráticamente, la madera cruje con cada paso que das, los tablones rechinan pero te has acostumbrado a sus lamentos.
Llegas a salón, el reloj marca las 6:01 P.M. Te quedas viendo el péndulo plateado unos instantes, te hipnotiza con su leve movimiento, te recuerda a la libertad de las hojas al caer de los árboles y ser arrastradas por el viento. Miras a todas partes con curiosidad y los recuerdos llegan a ti una vez más, recuerdas quejarte de una vida demasiado aburrida en esa montaña nevada, recuerdas un odio irracional por todo lo que había a tu alrededor, no obstante, nuevamente estás en esa cabaña que no querías volver a ver. Tu intensión era sentirte libre, querías huir de la abrumadora ciudad, escapar de las preocupaciones, valerte únicamente con la soledad que el mundo en el que vives te obligó a tener, sobreviviendo solo con el fruto de tu duro trabajo. Tus ojos se detienen en ese gran cuadro colgado encima de la chimenea, tu padre; el hombre amable y señorial a la izquierda, y tu madre, radiante y elegante a la derecha. Esbozas una diminuta sonrisa involuntariamente, pues en el centro estás tú, y tu sonrisa brilla más que la mirada apasionada y decidida de tus padres. Tu pequeña sonrisa crece repleta de nostalgia, no por que las cosas hayan sido más fáciles en el pasado, no, sino porque recuerdas esa época en la que pensabas que eras capaz de todo, cuando sentías que eras especial. Hay otro cuadro grande, está recostado en un lateral de la chimenea, lo sacaste del ático pero no has hecho nada con él, está repleto de polvo y no tiene brillo alguno, lograste identificar que era un ciervo, uno diferente, único, más si embargo no le das importancia.
Algo capta tu atención, ves movimiento por la venta junto a la puerta principal, sin dudarlo vas a ver que sucede; la luz del sol da las ultimas pinceladas del día, la estrella que ilumina tu mundo se oculta lentamente tras las montañas en la lejanía, justo al otro lado de ti. Por allá el cielo de tiernos colores está despejado y serenó, pero encima de tuyo las cosas son diferentes pues una nube grisácea se asoma tímidamente. Finalmente encuentras aquello que llamó tu atención, ha empezado a nevar. Afortunadamente no es un tormenta que te obligará a encerrarte y rezar para que la cabaña no se venga abajo. Es solo una nevada que va de paso, pero hay algo especial en ella, es como si te estuviera llamando, no puedes explicar esa sensación, es como si la tenue ventisca te extendiera la mano. Te acercas a la puerta principal y coges tu abrigo, enroscas la bufanda roja alrededor de tu cuello, acomodas bien los guantes y te pones las botas rápidamente.
Abres la puerta lentamente, te encojes de hombros, cierras los ojos y esperas el abrazo del frío viento, una sensación sofocante de la cual aún no te acostumbras, sin embargo, antes de que te dieras cuenta la puerta está completamente abierta y aún no sientes el radical bajón de temperatura. Respiras profundamente, el aire es incluso más puro que el amor, y una muy ligera brisa acaricia con ternura tu rostro. De tu boca sale el vaho habitual, te reconforta verlo, te hace sentir que aún hay calor en tu corazón. Bajas las escaleras que conectan directamente con la brillante nieve, los escalones crujen y suenan como si se fueran a quebrar, mas no pasa nada. Levantas tu rostro hacia el cielo y extiendes tus manos, los copos de nieve que aparecer de la nada se menean con sosiego y lentamente se dirigen al suelo. Logras atrapar algunos, al igual que tu cabello, los miras detenidamente, buscas algo, no sabes lo que es pero sientes que está ahí. De repente el viento sopla con más fuerza, es como si te empujara como si te incitara a correr, a buscar aquello que no te deja descansar en paz. Volteas a ver la construcción que ahora llamas hogar, la puerta sigue abierta, sientes que también te llama, los deberes de mañana de alguna manera te atan, y sabes que esa cálida luz que te acompaña en el claro de bosque pronto se desvanecerá. Tienes que tomar una decisión. Ves al otro lado, el cobertizo está cerrado y en la vieja puerta de madera hay algo recostado; es el pequeño trineo que usaste en tu infancia, recuerdas la velocidad, el viento en tu cara y como todo parecía tan grande. A la izquierda del cobertizo está tu auto estacionado, aquel vehículo de tus sueños por el cual trabajaste sin descanso durante años, el color vivo que te cautivó a primera vista está oculto bajo una gran capa de nieve, ahora es solo una maquina blanca a la cual no le pones atención. La tibia y reconfortante luz del sol atraviesa las montañas, las hojas de los árboles y aún la nieve descendente, nuevamente su cálido beso llega tu rostro, al instante cierras los ojos y te sientes en paz, como si todas las cargas del día y a día y los dolores que amedrentan tu vida se desvanecieran dando lugar a una única cosa: Luz.
Abres los ojos, tomaste una decisión, recoges tu trineo tallado por las manos de tu padre y te adentras en el bosque, sabes a donde ir, eres consciente de que el viaje no es largo pero sí algo difícil, no tienes completa certeza de que lograras ir y volver con la luz, o si la tierna nevada se convertirá en una tormenta, sin embargo, no retrocedes y avanzas con fervor, sientes que hoy finalmente es el día en el que encontraras lo que buscas. Una soledad reconfortante es tu única acompañante, lo único que escuchas es el crujir de la nieve de montaña bajo tus botas y tu respiración ansiosa. Pones el trineo en tu espalda y lo usas como si fuera una mochila, sostenido por un par de cuerdas amarradas en cada lado. Empiezas a trepar, la montaña se empina cada vez más, te apoyas de los abetos, con solo un toque en la firme madera el árbol se desequilibra y la nieve desborda por sus hojas. Después de algunos minutos terminas de subir, llegas a la primera cima, suspirar con ligero cansancio, en frente de ti hay una pequeña pendiente, es bastante inclinada al principio. Descuelgas el trineo y lo pones al borde, la madera negra con detalles rojos resalta bastante sobre la pureza de la nieve, los pastos y matorrales, incluso más que los árboles. Te sientas y acomodas como puedes, lo recordabas más grande pues ahora tus pies quedan por fuera. Los nervios recorren todo tu ser, no hacías esto desde hace años, habías sacado el trineo de acumular polvo en el cobertizo para acumular nieve en la intemperie, tenías la esperanza de volver a montarlo y evocar esa euforia y felicidad, pero siempre sucedía algo que te lo impedía. Esta ocasión es diferente, solo estas tú y tu incansable búsqueda, el camino se levanta enfrente tuyo, brillante y despejado, solo tienes que rechazar el miedo que te encadena y dar el paso, pero no te has preparado. Agarras la parte de enfrente del trineo con firmeza, empiezas a sutilmente inclinar tu cuerpo hacia adelante, pero en ese momento llega un solitario y pesado pensamiento a tu mente: "Realmente no puedo".
Tomas aire y suspiras, el frente del trineo esta ligeramente cubierto de nieve, tu nariz ha enrojecido por el frío y tu mirada se ha perdido en la montaña que se alza imponente delante de ti. No obstante, antes de que pudieras dar marcha atrás, algo te arrebata la atención, una lechuza pasa volando por encima de tu cabeza, su plumaje blanco con ligeros toques grises te deslumbra y te llena de motivación. Tu firme agarre se llena de fiereza y recuerdas el coraje en lo profundo de tu corazón; echas bruscamente tu cuerpo hacia adelante y empiezas a caer. La poca fricción y la robustez de la madera pulida hacen que al deslizarte sientas que estás volando al igual que aquella elegante lechuza blanca. El viento en tu rostro se siente refrescante y dócil, pero a la vez poderoso y firme, bajas más rápido que la nieve, entrecierras los ojos y te inclinas aún más hacia adelante, aún recuerdas como hacerlo, como ganar velocidad, como mantener el rumbo. Por un momento logras olvidarte de todo y sonreír genuinamente. En ese momento el trineo pasa por encima de algo que lo hace elevarse, sentiste que todo peso se esfumaba, ya no estabas volando, flotabas en completa armonía con la apacible nevada. Pero no importa lo que hagas, el ímpetu de tu euforia no dura para siempre; caes, aterrizas de mala manera, pierdes el equilibrio y sueltas el trineo. Ahora tú también resbalas, fluyes hasta el final de la pendiente junto a tu trineo, rodaste y quedaste boca arriba, observando el cielo casi despejado. Suspiras y ríes con alegría, no te apocas y te levantas enseguida. Retiras gentilmente la nieve de tu abrigo y de tu cabello, pones nuevamente el trineo en tu espalda y continuas tu camino, tienes que subir aún más.
Sientes nervios, de repente la nieve que cae del cielo empieza a aumentar, pero no es alarmante, incluso sientes que es natural, lo que te inquieta es que te estás adentrando en una neblina que se vuelve cada vez más densa. En el pasado ya habías hecho el recorrido, nunca hubo niebla. Te sujetas de las ramas, halas de las hojas y arrancas algunas sin querer, pero logras impulsarte con toda tu fuerza. En varias ocasiones pierdes el equilibrio y te resbalas, pero siempre logras aferrarte a algo, una roca mohosa, alguna raíz, o incluso a la misma nieve. Sigues subiendo a buen ritmo, no tienes la intención de detenerte. Ves volar un ave, blanca y de pecho rojo, va hacia su nido oculto entre los árboles que entorpecen tu andar. Perdiste la noción del tiempo, sigues escalando, la luz es cada vez más tenue y sutil, incluso puedes sentir la presencia de la luna en la lejanía, más sin embargo aún hay tiempo, no puedes rendirte ahora, tus esfuerzos, tu tiempo, tu determinación y la pasión en tu corazón no pueden ser en vano... ¿verdad?
Hacía tiempo pasaste las nubes bajas, estás al nivel de las medias, y la nevada es intensa, no porque haya más copos cayendo, sino porque las corrientes son más fuertes. Es como si el viento que en un primer lugar te invitó a venir su hubiera arrepentido. La niebla se ha vuelto insoportable, sientes un frío que dificulta tus movimientos, hay fatiga en tus huesos que aprisiona tu alma, pero la luz no ha desparecido, aún tienes una oportunidad y algo dentro de ti te dice que tienes la fuerza necesaria; das un grito de júbilo y sacas energía y fortaleza suficiente para en un implacable brío subir de una vez por todas. No has olvidado tu motivación, no has olvidado por que regresaste a la caballa, te rehúsas a fallar en tu búsqueda, te niegas rotundamente a rendirte una vez más. Necesitas un cambio, una señal, algo que te haga sentir que aún queda vida dentro de ti. Pero si todo eso falla, al menos te habrás encontrado contigo mismo. Los músculos te empiezan a doler, la niebla te empieza afligir y la nevada a zarandear, vuelves a gritar, un último esfuerzo, te impulsas de un árbol y saltas con la esperanza de llegar a alguna parte. Y aunque no lo puedes creer, aunque parece imposible, aunque es algo que ni de tus sueño más profundos pudiera salir; tu... lo logras.
Llegaste a la cima de aquella enorme e imponente montaña, encuentras la calma por encima de las nubes, la niebla ya no está, ahora ves todo con claridad; las otras pendientes, el cielo de tono pálido pero reconfortante, el sol tan lejos de ti que ahora se acurruca entre las montañas y está a punto de desaparecer. Los diminutos y delicados copos de nieve siguen descendiendo con elegancia, sin embargo, ya no te estremecen, ni el viento te empuja, es más, sientes que te felicitan por tu gran trabajo, por fin algo lo hace. Aunque no puedas ver al viento, ni abarcar toda la nieve, los sentimientos tan cálidos y puros que te generan reconfortan tu alma, finalmente sientes una realización verdadera. Las nubes más altas tienen un color rojizo, incluso violeta, no obstante, esa paz no durará mucho, el hecho de que ya no veas la niebla no significa que haya desaparecido, que la nevada ya no sea tan intensa no significa que ya no tengas frío.
El sol está justo detrás de ti. Llegaste a la cima, es igual a como la recuerdas, exactamente igual. A tu izquierda hay una pequeña cueva, más que una cueva es una gran roca negra de forma arqueada cuyo interior guarda recuerdos que tratas de evitar. Todo el lugar está cubierto por bellas y coloridas flores y altos pastos brillantes. Hay un solo árbol, diferente a todos los demás, diferente a cualquiera que hayas visto, completa y perfectamente único; su tronco era negro como el carbón y estaba ligeramente arqueado hacia el centro del lugar, era bastante alto, mucho más de 5 metros, y con una robustez inigualable, tiene cientos de ramificaciones que abarcan varios metros en todas las direcciones, y sus hojas son de un color especial, varían por zonas ; son más blancas que la nieve, rosadas como los cerezos, doradas como un atardecer onírico. No importa en que color te fijes, ni cual prefieras, al verlas te sientes en paz. Y finalmente, lo que abarca más espacio, posicionado en el centro con una forma circular tan perfecta que parece imposible: un elegante lago. Su agua está en perfecta quietud, te acercas a él con cuidado de no pisar ninguna flor; parecen rosas, amapolas, lirios, y otras cientos más de las que no tienes ni la más remota idea de cómo se llaman, o incluso si alguien más las ha visto. Te arrodillas a la orilla, la tierra tiene un leve tono azulado rojizo muy peculiar, el lago posee una corona de hojas descansado plácidamente por todo su borde. Te inclinas lo más que puedes, logras ver tu reflejo en el agua tan clara como el cielo despejado, te ves perfectamente, tu verdadero rostro, sin ninguna mascara, solo eres tu en la soledad del silencio y el abrazo de la nieve. Suspiras y tomas un poco de agua en tus manos, la bebes sin dudarlo, no está tan helada como esperabas, tiene un pequeño toque dulce y es completamente refrescante, puedes sentir como revitaliza todo tu cuerpo. Devuelves la vista al agua en busca de tu retrato, ahora está borroso, esperas a que se estabilice nuevamente, por alguna extraña razón deseas verte con claridad una vez más. Sin embargo, antes de lograrlo, algo golpeó fuertemente el agua y la salpicadura creó un gran estruendo que te hizo levantar la vista al instante.
Ante ti se halla una imponente criatura, similar a un ciervo, parecía de dos metros a la cruz, su pelaje largo y sedoso es de un tono plateado brillante, reluciente. No puedes evitar verlo a los ojos, son como dos grandes rubís pulidos que parecen brillar con luz propia. El majestuoso ser se yergue todo lo que puede, tiene una gran y vistosa cornamenta que parece estar hecha de hielo; tiene cientos de ramificaciones que se elevan al cielo y terminan en punta, incluso parece un árbol sin hojas, pero más poderoso, solemne. A medida que el ciervo se mueve ves destellos en sus majestuosos cuernos, como si fuera algún tipo de mineral, ves distintos fulgores que aparecen y desparecen en un instante; azul, morado y rojo. No te has movido ni un centímetro, el venado, representante de la piedad, devoción e inocencia te mira desde arriba, analizándote, pero no juzgándote. Las puntas de su cornamenta rozan ligeramente las hojas más bajas del gran árbol, y parece que las agranda, las vuelve más fuertes, las revitaliza aún más. Finalmente el misterioso animal avanza hacia a ti, agacha la cabeza, buscando la tuya, te echas hacia atrás, pero no intentas huir, no puedes, no quieres. Antes de que te des cuenta te está mirando directamente a los ojos, las astas no alcanzan a rozar tu cabeza, pero sientes que te está encerrando con ellas, no sientes miedo, los ojos brillantes del animal que es visto como noble y fiel te transmiten una calma y un calor surrealista, inolvidablemente cómodo. Logras calmar tu respiración, puedes sentir la del animal, es como una tenue corriente de viento invernal. Escuchas tus latidos, también un ligero y vigorizante tintineo que parece venir de todas partes. El animal abre la boca, su lengua es de color negro y sus dientes tan blancos como el papel. Sientes que intenta decirte algo pero no puedes entenderlo, te has perdido en sus cálidos ojos escarlata, te han hipnotizado con su belleza sobrenatural. De repente el ciervo se levanta, una corriente de viento te impulsa hacia tu derecha, la misma dirección en la que el místico ser volteó a ver. Te le quedas viendo por un momento, deseas tocar su increíble pelaje, pero logras controlarte, no quieres molestarlo, y finalmente volteas. El sol está apunto de ocultarse, solo te quedan escasos minutos de día. Ves una silueta, una persona envuelta en un manto rojo como la sangre, disfrutando los últimos segundos de luz.
Esa persona en un delicado ademán sube su mano derecha, indicándote que te pongas en pie. Volteas a ver al ciervo, buscando su consejo, pero ya no está ahí, desapareció sin dejar ningún rastro, ninguna huella y el agua está en completa quietud, como si nunca hubiera pasado por allí. Regresas la vista hacia la extraña persona, el ciervo está detrás, la rodea, la resguarda en silencio sin despegar la vista de ti. Te levantas lentamente, sientes un nudo en la garganta, una leve constricción en tu corazón, no sabes a que le temes pero intentas mentalizarte para lo peor. La silueta esboza un sonrisa y baja su mano, el manto le cubre hasta la nariz, pero sientes que te está viendo directamente, fisgoneando en lo más profundo de tu alma. De repente una instantánea ventisca te sacude, te cubres el rostro instintivamente y cierras los ojos durante un misero segundo. Aquella persona ahora se encuentra frente a ti, mide exactamente lo mismo que tú y la sonrisa no desaparece de su rostro. El ciervo sigue en la misma posición. Tragas saliva, tu corazón se aceleró y puedes sentir como la adrenalina recorre cada rincón de tu cuerpo, más sin embargo, no retrocedes. Lentamente la misteriosa persona empieza a levantar su capota, tus pupilas se dilatan, esperas con alta expectativa. Finalmente la retira y expone su rostro, al hacerlo su manto cayó al suelo, se sacudió el cabello y avanzó un paso más hacia ti. Conoces a aquella persona, la conoces perfectamente bien, más de lo que nadie jamás podrá, esa persona no es nadie más que tu viva imagen.
Te preguntas como es siquiera posible, y antes de que pudieras procesar lo que sucedía la penumbra se apoderó del místico lugar. Entonces escuchas una voz en tu cabeza: "¿De qué tienes miedo?" hubo un corto silencio y escuchaste otra voz: "¿Que no huiste aquí por ese mismo miedo?" Tratas de procesar lo que sucede, de aclarar tu garganta y organizar tus pensamientos. El denso cielo es iluminado por millares de estrellas alrededor de la gran y magnifica luna. Te sobas los ojos y sacudes la cabeza, pero tu reflejo no desaparece, ni su inquietante sonrisa. "Cuéntame, ¿Por qué es tan difícil dejar los fantasmas del pasado?" "¿Realmente podemos deshacernos de los vínculos que creamos desde el nacimiento?" Dos voces que hablan con ritmo y armonía, una después de la otra en perfecta coordinación "¿Que no es eso lo que nos da un lugar en el mundo?" "¿...lo que nos hace humanos?" "Pero al final, todos en algún punto consideran la existencia como un sufrimiento perpetuo, una condena impuesta por un loco con la habilidad de estar por encima del mismo universo." "Si es que crees que algo así existe." "Cada mención de la vida o la muerte hace eco en nuestros corazones aunque deseemos negarlo, buscamos algo a lo que aferrarnos, algo en lo que creer, algo que nos dé un propósito." "Más sin embargo nunca estaremos satisfechos, siempre buscamos más y más, necesitamos llenar el vacío que significa una vida sin rumbo." "Muchas son las opciones, pero parece que ninguna funciona... siempre existe un pero." "¿Por qué siempre ha de haber un impedimento?, ya se algo externo o la propia falta de talento o motivación." "¿Por qué es tan difícil encontrar una respuesta? ¿Por qué es tan difícil ser... feliz?"
Sientes que tu corazón se estremece, buscas dentro de ti alguna respuesta, una contestación, una verdad absoluta, pero tu mente está en blanco y solo encuentras un desierto de dudas y miedos. "¿Qué es lo que orilla a una persona a huir, a escapar de una zona confortable o de los problemas, a buscar en una montaña nevada paz y seguridad, un descanso?" "¿Acaso todo es nuestra culpa?" "Aunque cueste admitirlo el problema es la persona individual, no las circunstancias ni el resto de los individuos, siempre tenemos la última palabra, nuestras son nuestras ideas y pensamientos, somos dueños de nuestras decisiones y a pesar del pesado mundo que nos asecha, tú eres quien elige." "La tristeza y melancolía de la vida monótona y oprimida que hoy te aqueja no durará para siempre. Todos tenemos derecho a una segunda oportunidad, no está mal rendirse, necesitas descansar. Tienes todo el derecho de anhelar la solead y paz, de cerrar los ojos y resguardarte por completo en la silenciosa oscuridad." "Pero debes reaccionar, siempre hay cabida a mejora y huir de los problemas es una solución cobarde." "Esperar que las cosas sucedan porque sí, esperar que la suerte esté de tu lado no sirve de nada." "Ocultar tus sentimientos y contener tus emociones solo te causara un sufrimiento interno, que a diferencia de un corte o un golpe, no puedes tratar fácilmente. Las heridas más profundas y difíciles de sanar son aquellas que recibe el corazón." "No hay forma de saberlo todo, y mucho menos de saber cuándo estás preparado, porque nunca lo estarás." "No está mal intentar pulir al máximo tus habilidades antes de dar el salto, pero debes tener cuidado, mientras más esperes, el barranco de miedos e inseguridades se hará más grande y profundo."
"No hay forma correcta de vivir, ni forma incorrecta de morir" "Eso es algo que decides por tu cuenta en base de lo poco que has aprendido." "Al final, la individualidad que te caracteriza, tus pensamientos y alma única, todo lo que te hace diferente, todo lo que hace ser tú, al final tú eres quien le da valor a las cosas, a las más irrelevantes y a las que parecen trascendentales." "Tú eres quien decide como vivir, y que tan importante será tu pequeño paso en la historia del universo." "No debes tener miedo a amar." "No debes forzarte a perdonar, ni tampoco nunca perdonar." "Tú tienes la última palabra." "Si decides perderte en la oscuridad." "No esperes que nadie te venga a rescatar." "Te pregunto una vez más: ¿Qué es lo que orilla a una persona a escapar, a abandonar todo y buscar refugio en una silenciosa montaña nevada?"
Con tantas cosas en tu cabeza sientes que los parpados te pesan, una constricción en tu corazón y una debilidad en los músculos. Te das la vuelta, ignoras a tu reflejo y al imponente ciervo místico, buscas la cueva, las piernas te tiemblan y tu respiración es cada vez más pausada. Logras poner un pie en la cueva y te desplomas, pierdes la conciencia, caes en lo profundo de tu mente que ahora se encuentra en un vacío de incertidumbre. La noche te acoge, la estrella velan por ti mientras duermes en el suelo. No sueñas nada, ni tampoco eres consciente de nada, es como si hubieras desaparecido, como si las plegarias viciosas de tus momentos más bajos acerca de la muerte se hubieran hecho realidad. ¿Acaso lo único que queda para ti es la oscuridad de la soledad?
Una delicada brisa acaricia tu rostro con dulzura. Lograste despertar del letargo de frustración. Te pones en pie rápidamente y al hacerlo te mareas ligeramente. Los primeros rayos de luz de un nuevo día iluminan la entrada de la cueva, te apoyas de las paredes y te acercas a la salida. Sin embargo, no puedes evitar fijarte en los garabatos y palabras grabadas en las paredes de roca llena de musgo y pasto. Sueños, tus sueños, te detienes a analizar cada uno de los ahí escritos, hay muchos a los que renunciaste, otros que ni siquiera recordabas, dudas en si has cumplido alguno, ¿podrías ir con tu yo del pasado, mirarlo a los ojos y decirle que has cumplido alguna de esas metas? ¿Dónde quedaron esas aspiraciones? Cierras los ojos, tratas de evitar sentir la culpa que se crea al rendirse, al sentir que no puedes, y sales de la cueva. El ciervo ya no está, y tampoco tu sombra. Te arrodillas junto al lago con delicadeza, procurando no pisar ninguna flor. Te empeñas en no ver tu reflejo y tomas un poco más de agua. El sol está enfrente de ti, levantándose entre las montañas, alzándose como vencedor frente a la oscuridad, ¿puedes decir lo mismo? ¿Puedes alzarte victorioso frente a tus demonios? Te quedas viendo fijamente al sol durante unos instantes, la luz es tan delicada y tierna que no te lastima los ojos, es más, sientes que te los llena de energía.
Suspiras una vez más, no sientes frío, pero si sientes que el árbol te llama, que la tenue brisa te empuja hacia él. No obstante, no puedes llegar al otro lado sin pisar ninguna frágil flor, así que solo queda un camino viable; te retiras las botas y calcetines, los pones a un lado y lentamente entras al lago, primero el pie derecho, luego el izquierdo, el agua tiene una temperatura soportable y te cubre hasta los tobillos. Avanzas en línea recta, intentas no salpicar demasiado, las ondas que crean tus pasos se extienden hasta los bordes del lago en completo silencio. Logras cruzar, el fantástico árbol está arraigado al límite de la cima, más allá solo hay niebla y vació. Tocas suavemente la corteza, es rugosa y suave a la vez, sientes que brota poder de sus ramas, sabiduría de sus hojas y valentía de sus raíces. Decides sentarte a la orilla del abismo, no le tienes miedo a caer, a la muerte, pues aún no has decidido por completo cual es el valor de la vida, de tu vida.
Contemplas el amanecer en silencio, tu mirada está perdida en las nubes debajo y encima tuyo, en las montañas y la nieve que las cubre. En ese momento a tu mente llega tu canción favorita, la que realmente te hace sentir algo, empiezas a tararearla, no hay nadie más, solo naturaleza y el viento, así que empiezas a cantar sin temor alguno. Todas las dudas desaparecen de tu mente, finalmente te sientes libre.
Debes regresar al lugar que llamas hogar, aunque el frío no aprisiona tus huesos, sabes que no deberías quedarte mucho más tiempo allí. Pero... ¿Estás preparado para enfrentar tus problemas una vez más? ¿Crees que eres capaz de cambiar el rumbo de las cosas... De tomar las riendas de tu vida? ¿De tomar la elección correcta? Lastimosamente solo hay una forma de averiguarlo, sin embargo, tú eres quien decide, tuya es la última palabra, tuyo es el poder de la elección, del cambio. ¿Qué es lo que vas a hacer ahora?



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