top of page

Casa

  • Foto del escritor: Ela
    Ela
  • 4 ene 2020
  • 2 Min. de lectura

Ellos son los amantes, según los peatones, que se rehúsan a contar su historia.

Los que van caminando hacia su hogar, de la mano, demostrando en un pequeño gesto que están juntos y sus palmas solo están completas cuando sienten el aroma de la otra, y comienzan a bailar en ese suave contacto de pieles.

Navegan por un charco, se deslizan en el andén, la humedad sigue aunque la lluvia se fue, sus manos permanecen juntas, no se miran, ya se han visto y saben que nada nuevo ocurrirá en esa mirada.

Flotan para cruzar la avenida, llegan al otro lado, piensan un momento qué ruta tomar y continúan caminando, danzando, hasta cruzar otra avenida y ahí vuelven a pensarse el camino que están tomando.

¿Qué será mejor? ¿Qué será más rápido?

Se preguntan, pero la respuesta es seguir de la mano.

Llegan a la esquina, que les avisa que están cerca. El tráfico los observa, los carros que salpican con los charcos, las bicicletas que los esquivan, los semáforos que abren el camino para indicar que deben dar vuelta a la derecha, a la izquierda, caminar, y entrar por la puerta.

Ellos son los amantes, que cada noche realizan la misma travesía y el tráfico los observa. Pero nadie sabe nada de ellos, solo asumen amor. Creen que esa es su razón de ser.

Dicen que, aun dentro de la casa, sus palmas continúan unidas.

¿Y qué pasa si no?

Si al cruzar esa puerta sus palmas finalmente respiran, al igual que los amantes, contuvieron sus gestos y se acomodaron a la historia. Pero es diferente cuando no se trata de los peatones y el tráfico interpretando su travesía, sino solo de ellos. No amándose.

 
 
 

Comentarios


Te has suscrito a Adkinof

bottom of page