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Composición del ser

  • Foto del escritor: Ela
    Ela
  • 28 nov 2019
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 4 mar 2021



Esta imagen es sumamente profunda. Pero, primero, ¿qué es un girasol?

Una flor. Pero con más flores que pétalos. Los girasoles se componen de pequeñas flores en su interior, no son una sola, el girasol es amarillo por sus pétalos, que son evidentes, pero hay muchas más flores en su interior. Y al interior de esas flores están las semillas que se conocen por encargarse de prolongar la existencia de la flor. Aunque en realidad no se encargan de nada, esas son las abejas que toman la semilla y la convierten en vida. Esto convierte al girasol en una flor que se compone de otras flores más pequeñas, la representación de un conjunto de florecitas que nunca obtienen el crédito, porque pocos sabemos de ellas. El crédito se lo lleva el amarillo. Y el sol. Los girasoles dejan de girar alrededor del sol cuando alcanzan cierta edad, no lo hacen durante toda su existencia, dejan de hacer honor a su nombre en cierto punto. No son tan simples como flores, ni es tan adecuado su nombre.

En esa imagen está el ser humano, al menos como yo elijo verlo. Creo que es una representación bastante acertada. Están el cuerpo (los pétalos), la mente (las florecitas en el interior), y las relaciones (las abejas). La parte de las relaciones es subjetiva, puede ser reemplazada por un concepto más adecuado, según el ser humano del que hablemos.

El cuerpo es lo que asumimos, este ya cuenta una historia solo con observarlo, no tenemos acceso a su mente aún, aunque creamos que sí, solo estamos interpretando lo que se encuentra allí por lo que vemos, nada más. No sabemos nada en este punto. Tal cual como el girasol, la historia que nos cuenta es ser una flor, imaginamos que fue sembrada, cuidada con suficiente agua y sol, para terminar en el lugar que la estamos observando. Es cuestión de reemplazar conceptos y ya tenemos la historia de este ser humano imaginada.

Luego, comenzamos a tener acceso a la mente, conocemos las ideas, la historia que creamos es confirmada o corregida y podemos conocer mejor al ser humano que observamos recientemente. Esta etapa no es inmediata como la anterior, porque la mente no es solo para observarla, ni se comprende de esa forma. Esto sucede con el girasol: lo evidente se transforma cuando intentamos descubrirlo, cuando nos damos cuenta de que hay muchas más flores en su interior. Esto solo se da si decidimos investigar sobre él, o al menos observarlo con más detenimiento, y llegar a entender de qué se compone realmente, qué convierte al girasol en la flor que vemos. La verdad que creamos, la historia que inventamos a partir de un cuerpo, se deshace y entonces conocemos al ser real, no a la suposición.

Cuando el ser ya es descubierto y la mente elige compartir sus ideas, entonces hay que hablar de a quién se las comparte, a quién se mostró —se diferenciarán como "persona" y "ser"—. La persona que descubre al ser debe elegir si acepta alguna de las ideas para sí misma, para moldearla y compartirla con alguien más. Es decir, que el ser compartiera su mente con la persona, le da el derecho a la persona de aprender del ser y tomar esas ideas para convertirlas en algo más. Entre ambos, ser y persona, se construyen y toman o desechan ideas del otro, prolongan la existencia de algunas, las comparten con otros o simplemente las aceptan para sí mismos. Si eligen prolongar la existencia o compartirlas, entonces las relaciones son importantes. Esas serían las abejas, que toman la semilla, y prolongan la existencia de la flor, la comparten con otro campo, forman más flores y la existencia de la flor inicial continuará a partir de esa semilla. Se elige compartir la idea para que permanezca.

Entonces, si la idea es la semilla, ¿la verdadera vida se encuentra en las ideas?

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